lunes, 14 de julio de 2008

DON AGUSTIN ROSS EDWARDS Y SU MAXIMA CREACION: PICHILEMU


Una tarde plena de sol del último cuarto del siglo antepasado, descendía por los lomajes de San Antonio de Petrel -el fundo de los Ortúzar Cuevas, donde poco antes naciera un Príncipe de la Iglesia que se llamara José María Caro Rodríguez- un joven de hermosa figura, natural de La Serena, descendiente de anglosajones, educado en el Queen'Street intitution de Edimburgo, poderoso en sus riquezas, que venía a conocer Pichilemu, que yacía escondido en la costa lejana y silenciosa de Colchagüa. Y luego que la mirada de sus ojos azules se posara en el mar que lo bañaba, quedó para siempre prendado de este litoral maravilloso, desde ese mismo instante -in promptu- a don Agustín Ross Edwards afincósele en el pecho la irrevocable desición de tomarla como su preferida -¡playa virgen y solitaria!- para hacerla dar a luz un balneario, que fuera verdadero descanso para la sociedad chilena.
Para realizar lo que se había propuesto, empezó por adquirir el terreno donde asentaría lo que su mente de artista iría creando para tan laudable determinación. Y en San Fernando, en la oficina de Pedro Parga, en septiembre de 1885, se inscribía la escritura de la negociación notarial que lo hacía dueño de la propiedad del menor Francisco Esteban Torrealba Maturana y cuyos deslindes eran "al S con la propiedad de los Vargas, al E con terreno de un señor Gaete, al N y P con la orilla del mar".
Cuanto antes llegó el señor Ross a Pichilemu para empezar a convertir su mágico sueño en una admirable realidad. Parte de su inmensa fortuna y su caracter indomable, serían los factores que posibilitarían el rápido avance del nuevo balneario.
Antes que el señor Ross terminara su establecimiento hotelero -modelo en su género- llegó don Evaristo Merino Canales de la Cerda, de familia curicana, quedando como administrador general, recibiendo el señor Ross una decidida cooperación, ya que el diligente profesional era de una capacidad de trabajo asombrosa.
Una de las satisfacciones mayores del señor Ross fue la de dotar a Pichilemu de baños tibios. Tanto es así que, casi al mismo tiempo que presentaba la serie de chalets, que eran arrendados a familias que pasaban completas las temporadas estivales en estas playas, abría las puertas del inmueble que conteníalos, siendo cómodos, soberbios, tenidos a la europea.
El Casino, el primero de Chile como establecimiento, es otro de los adelantos formidables, cuya construcción comprendiera desde 1906 a 1909, inclusives; y apenas terminado, un departamento quedó para Correo y telégrafo, instalándose también un surtido almacén y mercería, que atendía don Germán de la Cuadra. En otros pisos y bajo la luz del gas acetileno, prolongábase la vida nocturna, teniendo la ruleta y barajas por entretenciones.
En el Parque, cerca de un centenar de palmeras fénix, acompañado de mantos de flores finas y exóticas, entrega todo un encanto. El autor de estas líneas vio en su niñez pasear, por ese idílico jardín, a don Ismael Edwards Matte, cuando fuera relegado por el gobierno de la época a Pichilemu.
Lo que deja ver el arte del señor Ross es el mirador, verdadera joya que se alza sobre su cimiento roqueño, en toda una pronunciada puntilla, abierta al infiernillo y que representa, en algo fantástico, a un buque anclado en tierra, con desesperados deseos de hacerse a la mar, siendo una de las grandes atracciones pichileminas.
Hay que destacar los planteles de pinos y eucaliptus, ya que fue el señor Ross el iniciador, en esta zona, del vasto plan forestal, trayendo semillas que cubrieron innumerables hectáreas en las cercanías de la extensa playa. Y esta acción arbórea extendióla a Cáhuil, antiguo caserío de pescadores -hoy interesante balneario lacustre- en cuyas proximidades adquiriera Millaco, predio plantado casi en su totalidad, presentando tupidos bosques que entregan una vista inigualable.
Muchos adelantos pertenecen, como primicias locales, al señor Ross: instaló gasómetro, estanques donde almacenaba agua, alcantarillado, lavandería, gallineras, caballerizas para 150 bestias, ya que mucha gente venía en sus carruajes, trayendo equinos para excursiones y carreras. Tenía herrería, botica, panadería, pastelería, peluquería. Estando a la moda el tenis, arregló una cancha para los entusiastas de este deporte.
Todo fue muy bien concluido, por cuanto el material, de primera calidad, fue traído gran parte del exterior. Así, la tejuela del Casino llegó de Italia; el pino oregón, de Estados Unidos; el cemento en barriles de 180 kilos, de Portland, la isla meridional de Inglaterra. No se medía en gastos con tal que todo quedara sobresaliente: "El señor don Agustín Ross derrocha el dinero en Pichilemu, que dentro de poco será un puerto completo, como es hoy un balneario de primer orden, el Biarritz chileno", expresábase un cronista de 1903.
Conviene recordar que desde que el señor Ross acometiera sus trabajos conocidos, Pichilemu se transformaba en una comuna, cuyo territorio comprendía, además de las actuales de Pichilemu y Marchigüe, parte de la de Peralillo. Creada a fines de 1891, sólo el 6 de mayo de 1894 se constituyó su primer municipio, entre cuyos regidores se contaba don José María Caro Martínez. En aquella primera sesión municipal, por unanimidad, fue elegido primer alcalde el señor Caro, padre del que sería el primer cardenal chileno.
Lo más encopetado del mundo santiaguino dióse cita en este balneario, copando los aposentos del Gran Hotel del señor Ross. Los diarios capitalinos traían páginas completas con propaganda y detalles del lugar de descanso, destacándose El Mercurio en una campaña de proporciones. Extensas listas de familias aristocráticas aparecían en la Vida Social de los matutinos santiaguinos.
Entre los connotados personajes que eran habituales clientes del Gran Hotel, cuéntase don Benjamín Bernstein, quien daba, con su presencia, inicio a la temporada veraniega en la población del señor Ross. Mucha gente no venía hasta saber si ya se encontraba en Pichilemu este caballero, a quien se le esperaba con banda de músicos, empezando con su arribo, los bailes, kermeses, carreras hípicas y en el Casino, el punto y banca y las barajas.
En aquella época de oro de estas playas de fines del siglo XIX y de inicios del pasado, sobretodo cuando su padre ejerciera, por once años consecutivos, el cargo de primera autoridad comunal, solía verse por Pichilemu, al presbítero don José María Caro Rodríguez, sabio profesor de teología en el Seminario Conciliar de Santiago, cuando pasaba vacaciones estivales en Quebrada de Nuevo Reino, en las vecindades del balneario, donde sus padres levantaron su residencia campestre, a su éxodo de San Antonio de Petrel. Más tarde prestaba servicios episcopales en el improvisado oratorio del bodegón portuario, desocupado después de la revolución del 91.
Capítulo aparte merece don Evaristo Merino por su participación directa en el adelanto referido. Apenas asumiera la administración de todas las obras proyectadas, contribuyó a que el altiguo campo sepillento, cubierto de dunas, fuera hermoseado por todos estos adelantos que transormáronlo completamente. Todo lo dirigió con una responsabilidad tomada muy a pecho; de manera que granjeóse el aprecio del señor Ross y el de los varios miles de hombres que, en cinco lustros, estuvieron bajo su atinada dirección. Su competencia permitió que el genial empresario diera cima a todas sus aspiraciones.
Don Agustín Ross Edwards, varón de extraordinario temple, en una época en que todo estaba por hacerse, logró salir avante en el vasto plan de trabajo de esa preciosa vida que se extinguió, después de 82 años entregados en un concurso amplio, permitiendo salvar con férrea voluntad su empuje, su dinamismo, su ejemplo enaltecedor.
Luego de su fallecimiento, ocurrido en su mansión viñamarina, el 20 de octubre de 1926, su sucesión donó a Pichilemu sus bosques, terrazas, parque, escalinatas, etc., con la intensión de que todo fuera atendido dignamente. Y Pichilemu -joya engastada en la Vieja Colchagua- enclavada frente al mar rugiente, que entona la canción desesperada de su embate sobre el negruzco peñascal que lo adorna, entregándose a la evocación del hombre de acrisoladas virtudes, que fuera conquistado por el embrujo de su presencia milenaria y la soleada costa que lo limita, con el fervor agradecido de los que lo reconocen como auténtico pionero del turismo nacional.