miércoles, 16 de julio de 2008

DON EVARISTO MERINO CANALES DE LA CERDA

En el historial de Pichilemu, ocupará muchos de sus primeros capítulos don Evaristo Merino Canales de la Cerda, quien fuera brazo derecho de don Agustín Ross en la creación de su balneario, en esta costa del extremo sur de la antigua Colchagua.
Interesante la vida de este caballero por su directa participación en el nacimiento de este balneario, por cuanto, apenas tomara la dirección general del colosal trabajo, se dispuso a hacer realidad el vasto programa de adelantos que le presentara el gran empresario.
Era descendiente de una esclarecida familia fundada en Chile por Juan Nicolás de Heredia, bautizado en Anguiano en 1639 y que en Chile casara con María Astorga Molina, siendo don Evaristo, descendiente en séptima generación. Un bisnieto del fundador -José María Merino Sepúlveda, casado con María Loreto Urzúa Baeza- tuvo desendencia en Curicó. Un hijo de éstos -Dionisio Perfecto Merino Urzúa- fue bisabuelo paterno del administrador general de don Agustín Ross.
Don Evaristo casó con Rosa Silva Valenzuela -media sobrina de Monseñor Luis Silva Lazaeta, que en abril de 1912, fuera consagrado obispo juntamente con el Cardenal Caro, en la Catedral de Santiago- teniendo como hijos a los diez siguientes: Antonieta, Raquel, Eduardo, Jorge, Adolfo, Rosa, Evaristo, Marcial, Modesto y Sergio.
Por más de cinco lustros, su presencia en la magna empresa permitió que se cumpliera plenamente lo proyectado en favor de Pichilemu, respondiendo con creces a la confianza depositada, en labor desarrollada con un esfuerzo que a cualquiera hubiera agobiado, desde que en marzo de 1900 tomara tal desempeño.
Fue algo providencial que el señor Merino llegara a la vida del señor Ross, pues ninguno como él, dueño de cualidades que le hicieron dar término a la creación de este lugar de descanso que la sociedad chilena se merecía. Magnífica la labor emprendida por este profesional que dejara sus mejores energías en el enorme trabajo señalado. Su memoria está presente en todas las obras emprendidas con singular entusiasmo por su sabia dirección. Una larga avenida que enfrenta al bello edificio del Casino, perpetúa su nombre, en la población que lo tuviera por tantos años entregado en el progreso de las afamadas playas pichileminas.
El señor Merino, poco después de dar término al titánico trabajo y ya fallecido el señor Ross en octubre de 1926, fue designado por decreto del Ejecutivo, el 15 de mayo de 1927, para presidir como alcalde de la primera Junta de Vecinos de la comuna pichilemina, siguiéndose este sistema en todas las del país, hasta 1935, en que volvióse a la elección por sufragio popular, ocupando el señor Merino tal cargo, hasta febrero de 1928, pues, por trasladarse definitivamente a su Curicó natal, presentó su renuncia indeclinable.
Al recibir homenajes de despedidas en Pichilemu, en uno de ellos, José Agustín Acevedo, poeta lugareño, con inspirada emoción exclamó: Hubo un hombre de razón/como jefe del lugar/que bien se puede llamar/hombre de la situación/que con buena discreción/hizo regir los destinos/de ensanches de caminos/en donde estaban estrechos/más adelanto ha hecho/don Evaristo Merino./No lejos de la bahía/formó un hermoso palacio/que por su forma es clásico/por sus lindas galerías/brillan con luz del día/sus vidrios como un diamante/un gran aspecto elegante/se ve en esta bella mansión/donde alegra el corazón/a todos los veraneantes.
A poco de regresar a su ciudad de procedencia, falleció en agosto de 1930, siendo sepultado en el mismo camposanto donde, la que había sido su esposa, lo esperaba desde agosto de 1925. Las cenizas de ambos reposan en un hermoso mausoleo que hay a la entrada del cementerio curicano.